Como sucede en las series buenas, la tercera temporada de «Ciencia en el bar» en su formato en el Bar Rex de Pamplona podría reinventarse y así marcar un cambio significativo… pero los Tres Barbas (Javier Armentia, Ignacio López Goñi y Joaquín Sevilla) no son unos showrunners al uso. Por eso han decidido comenzar el tercer curso con un capítulo dedicado a esa ciencia que gusta tanto a los frikis de la ciencia, pero contada para el gran público. Como el año pasado, los IgNobel nos servirán de excusa para pensar en la ciencia que se hace, por qué se hace y cómo se hace. Cómo a veces nos parece una humorada y otras nos deja pensando con cara profunda. O al revés. O todo a la vez.
Pero si aún es septiembre, comentará alguno… Y es que es cierto, en las 35 anteriores ediciones de estos galardones, la ceremonia se hacía en Boston, EEUU, justo la semana que precedía a la entrega de los premios Nobel (los otros…), ya en octubre. Este año también habrá una pequeña ceremonia entonces, pero el premio se ha trasladado a Europa. A la neutral Suiza, porque la ceremonia se celebró el pasado 3 de septiembre. En este enlace se explican las razones, «The Ig Nobel Prize Ceremony Is Moving to Europe (after 35 years in the USA)». La explicación oficial de Marc Abrahams, el fundador de los premiso, es muy concreta: el problema es la seguridad y, sobre todo, la incertidumbre para los investigadores y periodistas internacionales que tienen que entrar en EE. UU. En 2025 ya habían tenido una señal muy clara. De los diez premiados, cuatro acabaron no viajando a Boston: uno había decidido previamente no ir y otros tres cambiaron de opinión en la semana anterior a la ceremonia por la evolución de la situación. Abrahams tuvo que hacer que premios Nobel reales leyeran sus discursos mientras se proyectaban las fotografías de los ausentes. Pero, como comentó Abrahams en una entrevista a Patricia Fernández de Lis en El País, este cambio reconoce los problemas que está teniendo la ciencia en EEUU debido a la injerencia de la política del actual presidente.
Premios 2026

En cualquier caso, hubo premios desde Suiza. La 36ª edición de los premios Ig Nobel, entregados el 3 de septiembre de 2026 en Zúrich en una gala que mantuvo sus tradiciones —lluvia de aviones de papel, disfraces y un trofeo con forma de pie cubierto de hongos—, reconoció diez investigaciones que, como manda el lema, «primero hacen reír y luego hacen pensar». Y como siempre fueron galardonados con el Nobel como Esther Duflo, Abhijit Banerjee, Michel Mayor y Tim Hunt los encargados de entregar los galardones. Un resumen de los premios, que abordaremos el próximo 30 de septiembre en el Bar Rex de Pamplona (a las 19h), aunque no nos dará tiempo a hablar de todos porque nuestra #CienciaEnElBar dura solamente una hora:
- Medicina (Japón). El premio póstumo recayó en Tokuji Unno (y su colega Hiroshi Yajima) por un estudio aerodinámico de 1977 sobre cómo sonarse la nariz. El trabajo, que parece una broma, tiene su trascendencia: una mujer se fracturó la órbita del ojo al sonarse con demasiada fuerza, y el estudio analizaba las presiones nasales para evitar sustos. Aceptó el galardón su colega Miki Takahara en su nombre.
- Física (Canadá, EE. UU., China, Arabia Saudí). Randy Hurd, Zhao Pan, Tadd Truscott y Kaveeshan Thurairajah intentaron resolver uno de los grandes enigmas de la civilización: cómo diseñar un urinario sin salpicaduras. Construyeron una máquina con una «boquilla uretral anatómicamente precisa» y se vistieron con impermeables amarillos para recoger el premio. Un dato escalofriante para los servicios de limpieza: solo en EE. UU. se derraman alrededor de un millón de litros al día al suelo.
- Biología (Brasil, Australia). João Miguel Alves-Nunes y su equipo (con Adriano Fellone, Selma Maria Almeida-Santos, Carlos Roberto de Medeiros, Ivan Sazima y Otavio Augusto Vuolo Marques) se dedicaron a pisar suavemente serpientes venenosas —a distintas temperaturas y horas— para entender qué provoca que muerdan. Alves-Nunes realizó 40.000 pruebas con 116 yararás y, según contó entre risas al recoger el premio, una cascabel llegó a morderle a través de las botas de protección. El estudio, publicado en Scientific Reports, fue retractado posteriormente por dudas sobre el trato a los animales. La ciencia, a veces, tropieza.
- Química (India, Francia, Japón, Canadá, EE. UU.). Sanchari Banerjee, Nathan Coussens, François-Xavier Gallat, Nitish Sathyanarayanan, Jandhyam Srikanth, Koichiro Yagi, James Gray, Stephen Tobe, Barbara Stay, Leonard Chavas y Subramanian Ramaswamy descubrieron que las proteínas de la leche de la cucaracha vivípara Diploptera punctata contienen tres veces más energía que las de la leche de vaca. Un dato que, aunque suene a chiste, tiene aplicaciones potenciales en nutrición y biotecnología.
- Ciencias del Suelo (Suiza, Países Bajos, Alemania). Franz Bender, Marcel van der Heijden, Atlant Bieri y Pia Viviani enterraron 1.000 pares idénticos de calzoncillos de algodón en más de 25 países y los desenterraron dos meses después para evaluar la salud del suelo según su grado de descomposición. Un método tan barato como ingenioso que convierte la ropa interior en un sensor ecológico.
- Economía (EE. UU., México, Canadá). Paul Piff, Daniel Stancato, Stéphane Côté, Rodolfo Mendoza-Denton y Dacher Keltner acumularon evidencia de que las personas de clase alta son más propensas a coger caramelos de la reserva de los niños y a comportarse de forma poco ética en general. La investigación, publicada en PNAS en 2012, ya había dado que hablar en su momento y ahora recibe el espaldarazo definitivo: un Ig Nobel.
- Tecnología (China, Canadá, EE. UU., Egipto). Justin Puma, Zhen Yang, Evan Johnston, Zixin Zhang, Xiaoyi Lan, Lingzhi Zhang, Hongyu Hou, Zixin He, Ali Afify, Megan Creighton, Jianyu Li y Changhong Cao pionearon el uso de probóscides de mosquito como boquillas de impresión 3D de alta resolución, un proceso que bautizaron como «necroimpresión». La próxima vez que te pique un mosquito, piensa que podría estar buscando trabajo en una imprenta.
- Biomecánica (Reino Unido, EE. UU.). Matilda Brindle, Catherine Talbot y Stuart West elaboraron una definición más precisa del beso: «interacciones no agonísticas que implican contacto oral-oral dirigido, intraespecífico, con cierto movimiento de labios o piezas bucales y sin transferencia de alimento». Compararon el comportamiento en hormigas, aves, osos polares y humanos. La definición, desde luego, no invita a improvisar en una primera cita.
- Percepción y Olfato (Polonia, Alemania, Suecia). Ilona Croy, Tomasz Frackowiak, Thomas Hummel y Agnieszka Sorokowska recogieron evidencia de que los bebés huelen de maravilla a sus padres, pero los adolescentes no. El estudio, titulado Babies Smell Wonderful to Their Parents, Teenagers Do Not, es un clásico instantáneo de la ciencia del olfato.
- Paz (EE. UU., Argentina, Australia). Jaimie Arona Krems, Rebecka Hahnel-Peeters, Laureon Merrie, Keelah Williams y Daniel Sznycer documentaron que valoramos a los amigos que son vengativos con la gente que no nos gusta. Un hallazgo que, en tiempos de polarización, suena menos a estudio académico y más a descripción del grupo de WhatsApp.
Si algo demuestra esta edición es que la ciencia más improbable sigue siendo, a su manera, profundamente humana: nos reímos de ella, pero también nos ayuda a entendernos un poco mejor. O eso intentaremos en el arranque de la tercera temporada de nuestra ciencia en el bar. Por cierto, que procuraremos (aunque nunca se sabe) que los carteles que anuncian estas sesiones tengan algo que ver con películas de siempre (esta vez hemos usado uno de los carteles españoles de «Una noche en la ópera», la sexta película de los hermanos Marx; estaba la posibilidad de pedirle a una IA que nos pusiera ahí a Joaquín, Nacho y Javier en lugar de los Marx, pero decidimos no consumir energía y recursos para algo así… además quedaba feo).


