De nuevo en tecnicolor en el bar
Ya hemos abordado el tema del color, de los colores, en nuestro Ciencia en el Bar (fue en mayo de 2005, aquí el enlace) pero el tiempo pasa y surgen nuevas historias que queremos traer de nuevo al bar. El Museo de Ciencias Universidad de Navarra, que dirige Ignacio López Goñi, ha inaugurado «COLOR: una explosión de ciencia«, que estará abierta hasta el mes de febrero de 2027. Como cuentan en la web esta exposición invita a descubrir el color desde la física, la química, la biología, la evolución y la percepción. A través de piezas naturales, especímenes zoológicos, minerales, fotografías y vídeos de alto impacto, la exposición explora cómo se produce el color, cómo lo percibimos y para qué lo utilizan los seres vivos. Además de la propia exposición organizan visitas guiadas y actividades escolares y familiares, cosas que nos presentará Nacho, quizá desvelando algún secreto sobre la biología de los colores o de los colores en la biología.
La biología del color está viviendo una pequeña revolución que difumina la frontera entre el pigmento y la estructura. Por ejemplo, se ha descubierto que ciertos caracoles de árbol (Hypselostyla camelopardalis y Reinia variegata) poseen un camuflaje dinámico único: su concha cambia de un patrón moteado claro a un marrón oscuro cuando se moja con la lluvia, gracias a un proceso físico llamado hidrocromismo en el que el agua llena los poros nanoestructurados de la capa externa y modifica la forma en que la luz se refleja. En una línea igualmente sorprendente, varias especies de ranas arborícolas han reclutado una proteína (una serpina) para estabilizar la biliverdina, un pigmento verde que de otro modo se degradaría, consiguiendo un camuflaje de tono hoja y, en algunos linajes, una inesperada fluorescencia en el infrarrojo cercano. A esto se suma el hallazgo de que los caballitos del diablo logran azules y verdes de una saturación extrema —imposible para los fotónicos desordenados convencionales— combinando partículas “autocorrectivas” que ajustan su índice de refracción con un filtro de pigmento amarillo incorporado. Y en el ámbito de la percepción, la biofluorescencia se ha revelado como una estrategia extraordinariamente recurrente en los peces marinos, con cientos de especies capaces de reemitir la luz azul del océano en longitudes de onda más largas, un rasgo que evolucionó de forma independiente en múltiples ocasiones y que parece especialmente ventajoso en los ecosistemas de arrecife. Incluso la optogenética que este mes ha reconocido el Nobel es una disciplina que, no podemos olvidar, comenzó con un descubrimiento de Peter Hegemann sobre unas algas capaces de reaccionar rapidísimamente a la luz, gracias a una proteína, la canalrodopsina, que se activa específicamente con luz azul, recordándonos que la maquinaria molecular de la vida está finamente sintonizada con colores concretos del espectro. Toda una historia que puedes leer por ejemplo en el blog de Francis Villatoro.
Historias del azul
¿Conocían los griegos el color azul? ¿Por qué se ha sostenido que no? También hay quien tiene dudas sobre la capacidad de muchas personas (sobre todo del género masculino) de percibir el rosa palo o el blanco roto. Hay una interesante investigación antropológica sobre la incorporación cultural de nombres para los colores, y el azul no es de los primeros. Es un color poco habitual en la naturaleza, ya que no es fácil disponer de moléculas que emitan en azul. La síntesis química de pigmentos azules cambió la significación cultural del color que pasó de teñir los mantos de la virgen en los cuadros a uniformes militares. Joaquín Sevilla nos traerá estas y otras historias…
La paradoja del azul sigue siendo hoy una frontera científica. El azul añañi o YInMn, descubierto por accidente por Mas Subramanian en 2009, muestra que el color no depende solo del elemento: una geometría cristalina asimétrica del manganeso genera un azul intenso y estable que, además, refleja el infrarrojo cercano y enfría superficies bajo el sol. El azul egipcio, el pigmento sintético más antiguo, revive en nanotecnología: sus silicatos de cobre laminados se estudian para imágenes biomédicas, concentradores solares y recubrimientos refrescantes, con paneles hasta 7 °C más fríos. Y el azul estructural de la mariposa Morpho rompe la ecuación color-sustancia: no hay pigmento, sino nanoestructuras que interfieren con la luz, un mecanismo replicado en laboratorio para materiales coloridos sin colorantes. El azul, último color en nombrarse y difícil de sintetizar, se ha vuelto banco de pruebas de física aplicada, eficiencia energética y biomedicina.
Las estrellas verdes
Tradicionalmente se dice que no existen estrellas verdes: como las estrellas se comportan aproximadamente como cuerpos negros, su color depende sobre todo de su temperatura, y aunque una estrella emita con un pico en el verde, el resto de longitudes de onda se mezcla y el ojo la percibe blanca o azulada. No hay, por así decirlo, una “estrella verde” limpia en el cielo. Sin embargo, el equipo de la Universidad de Warwick ha presentado el caso de WD J1330+6435, una enana blanca situada a unos 280 años luz, en la constelación del Dragón, cuya luz se percibiría como un verde amarillento (chartreuse). La clave no está en su temperatura, de unos 4000 °C, sino en su atmósfera extremadamente densa y en su composición química: contiene sodio y otros elementos procedentes de restos de planetas rocosos que ha ido devorando. Javier Armentia comentaba que se ha pasado la vida contestando a la pregunta de si hay estrellas verdes a la gente que iba al Pamplonetario y siempre se largaba un NO explicando cómo es la emisión de una estrella, una emisión térmica que permite estrellas rojas, naranjas, amarillas, blancas, y hasta azules, pero no verdes porque el máximo de emisión de esas estrellas las hace parecer directamente blancas porque emiten en esa zona amplia del espectro visible.
Sin embargo, en esta enana blanca, con una atmósfera ultradensa, el sodio y otros elementos traza absorben la luz de forma mucho más amplia que en condiciones normales, y en este caso el sodio se “come” especialmente la parte naranja del espectro. Lo que queda se combina en ese tono verdoso, convirtiendo a WD J1330+6435 en el primer caso creíble de estrella verde, aunque sea una estrella muerta. Así que el viejo argumento de que “no hay estrellas verdes” sigue siendo válido para las estrellas normales, pero esta enana blanca es la excepción que confirma la regla: no es verde por temperatura, sino por química exótica y alta densidad.
Los flamencos rosas
Todos sabemos que el flamenco común (Phoenicopterus roseus) es ese animal que parece haberse escapado de una tienda de algodón de azúcar, pero el color rosado no es un capricho de la evolución, sino el resultado de un menú bastante específico: pequeños crustáceos del género Artemia y microalgas como Dunaliella salina, que están cargados de carotenoides. El flamenco metaboliza esos pigmentos en sustancias como la cantaxantina, que tiñen sus plumas y patas. Y aquí viene el primer giro de guion: ese rosa intenso no es solo estético; funciona como un indicador de salud y calidad genética. Las aves más brillantes empiezan a criar antes, ocupan los mejores nidos y, en general, tienen una vida amorosa más exitosa que las que se quedan en un tono beige deslavazado. O sea, que el flamenco no se ve obligado a llevar ese color: le interesa, porque es su carta de presentación en el mercado de emparejamientos.
Ahora bien, si tiramos del hilo, todo esto tiene un aire de conspiración orquestada por un tercero: el parásito Flamingolepis liguloides. Este gusano cestodo necesita llegar al intestino del flamenco para madurar y liberar sus huevos, y para ello utiliza a la Artemia como taxi. Pero no se conforma con una parada cualquiera: cuando infecta al crustáceo, lo tiñe de un rojo intenso y le altera el comportamiento, volviéndolo fotófilo y empujándolo a nadar cerca de la superficie, justo donde el flamenco tiene más fácil hincarle el pico: el parásito convierte a la Artemia en una gamba zombi, roja, visible y expuesta, y el flamenco, que no es tonto, prefiere precisamente a las rojas porque vienen con un extra de carotenoides. Así que, en el fondo, el flamenco se pone rosa, liga más y cría mejor, pero el verdadero titiritero de la función es un gusano que ha convencido a un ave de que comer gambas rojas es lo más chic del mundo para, de paso, asegurarse su propio pasaje al paraíso intestinal. Una jugada maestra del marketing parasitario.

(Este mes dedicamos el cartel a la película de Victor Fleming «El mago de Oz (The Wizard of Oz)«, de 1939. Aunque se había inventado y probado en el cine antes, el TECHNICOLOR fue llevado a su máxima expresión en esta fábula de culto. Y, desde luego, todos recordamos «Over the Rainbow«, la canción emblemática de la película, cantada por Judy Garland.)

